La ecoeficiencia empresarial en la creación de valor compartido.

Por Diego Díaz Martín, PhD (*) @DDiazMartin

Una empresa ecoeficiente cumple con sus obligaciones y compromisos legales y éticos. También adopta y desarrolla buenas prácticas para disminuir sus  impactos ambientales negativos en actividades y operaciones.

La ecoeficiencia permite identificar y expandir las conexiones que favorecen el progreso económico, social y ambiental de una empresa. Asimismo, genera plusvalía económica del modelo de negocios, incrementando su valor ecosistémico y social.

La creación de valor  compartido a través de la ecoeficiencia también favorece las relaciones entre la empresa y su entorno, lo cual genera beneficios para todas las partes involucradas, favorece su prestigio entre asociados, proveedores y clientes, y mejora su clima organizacional.

Vista desde la responsabilidad social empresarial, la ecoeficiencia trasciende las obligaciones del negocio, ayudando a mantener, desarrollar y gestionar su capital reputacional. De esta forma, no solo se favorece la su imagen y sus relaciones con los actores clave de su área de influencia, sino que también se crean nuevas oportunidades de mercados, con opciones de certificaciones internacionales.

Además de adoptar compromisos voluntarios más allá de los mínimos establecidos en las normas ambientales vigentes, la ecoeficiencia disminuye los costos de producción empresarial, y genera ingresos adicionales con el reciclaje y la reutilización de residuos. De hecho, las empresas ecoeficientes suelen ser más productivas y rentables, llegando a ser cotizadas dentro de importantes bolsas de valores, como el famoso indice Dow Jones de Sustentabilidad.

Entre los criterios fundamentales de la ecoeficiencia está disminuir la intensidad en el uso de materiales,

  • Reducir la generación de emisiones contaminantes y de residuos y desechos
  • Disminuir el consumo de energía y agua
  • Incrementar la intensidad en el uso de los productos
  • Favorecer su durabilidad.
  • Maximizar el uso de recursos renovables contra no renovables.
  • Favorerecer la reutilización y el reciclaje
  • Optimizar los procesos productivos, favoreciendo el ecodiseño y la producción más limpia.

La ecoeficiencia constituye una herramienta inteligente para la  creación de valor. Su aplicación en el mundo de los negocios aportan beneficios extraordinarios, y los empresarios socialmente responsables lo saben.


(*) Biólogo, Maestro en Gerencia Ambiental y Doctor en Ingeniería aplicada a la Ecoeficiencia. Director de Valor Compartido de Sustentarse. Presidente de VITALIS y Director General para las Américas de ONGVitalis Latinoamérica. Profesor de Licenciatura y Maestría del Tecnológico de Monterrey de las Universidades Anáhuac México y Anahuac Cancún.  https://www.linkedin.com/in/ddiazmartin/

Cinco claves de un buen Estudio de Impacto Social

Por Francisco Bedolla, @franbedolla (*).

Hay cinco claves para distinguir entre los buenos y malos Estudios de Impacto Social (EIS). Conocerlas es fundamental para comprender su utilidad e importancia.

La primera de estas claves es su alcance. Existen tres tipos de EIS: los diagnósticos, las recetas y los que ofrecen conjuntamente diagnósticos y recetas. Como es de esperar, los que combinan de manera integral ambos enfoques ofrecen mayores ventajas. El rigor científico y los planes de inversión social sostenibles, son dos indicadores de su calidad que los materializan como inventarios de impacto.

La segunda clave es la tecnicidad de los EIS. Esta es una medida de su tino y pertinencia como medios para prevenir y gestionar los riesgos del fracaso en el logro de los objetivos y las metas estratégicas, así como para superar las amenazas a la rentabilidad de la inversión. Concretamente, esta clave se pone de manifiesto en el mapeo de los grupos de interés y en la facilitación de los acuerdos.     

El diseño metodológico constituye la tercera clave. La diferencia que separa un diseño óptimo de uno subóptimo, estriba en el uso combinado de las metodologías cualitativas con las cuantitativas, así como del trabajo de campo con el trabajo de gabinete. Los mejores EIS ponen el acento en las metodologías cualitativas y el trabajo de campo. Nada más lejano del ideal que apostarle a los trabajos de gabinete.   

La cuarta clave de los EIS está en la consensualidad. Esto refiere al grado de aceptación que alcanzan los diversos componentes de un EIS por parte de los grupos de interés-comunidades afectadas y los corporativos socialmente responsables.

La implementabilidad de los planes de inversión contenidos en los EIS constituye la quinta clave. Ello alude a los grados de factibilidad en el logro de los objetivos y metas previstos, así como de la operatividad en la asignación de responsabilidades y la coordinación de esfuerzos entre las partes involucradas. El uso de sistemas de indicadores para evaluar y mejorar la gestión está asociada a diseños de soluciones implementables.

En suma, cada clave describe un atributo relevante específico, que difícilmente podrían podrían darse por separado. Lo aconsejable es pensarlos como como una unidad indisoluble.      

Los EIS requieren del acompañamiento de expertos que aporten la rigurosidad científica y técnica necesarias para lograr sus nobles propósitos. Las empresas socialmente responsables lo saben.

 


(*) Sociólogo y Filósofo. Profesor Universitario. Experto en Evaluaciones de Impacto Social. Socio del Grupo Sustentarse. francisco.bedolla@sustentarse.com.mx

En Sostenibilidad, ¿qué es eso de la materialidad?

Por Rosario Murillo (*) @RosarioMurilloC

Los estudios de materialidad permiten a las empresas enfocarse en temas específicos en los cuales puedan generar mayor impacto con sus acciones de responsabilidad social.  

Tales acciones, enmarcadas dentro de la sostenibilidad, considera su aportación o valor compartido en los ámbitos económico, social y ambiental, en especial, con sus grupos de interés.

La pregunta obligada y que nos acerca al concepto de materialidad es ¿cómo saber específicamente cuáles son los temas en los que una organización debe contribuir, si los ámbitos y necesidades son tan amplias? ¿Cómo hacer sí hay cientos de asuntos que apoyar, o si el impacto o el quehacer en temas sociales o por el medio ambiente es interminable?

En el ámbito de la responsabilidad social, la materialidad juega un papel fundamental. Este enfoque acuña la necesidad empresarial de saber cuáles son los temas específicos en los que puede generar mayor impacto, vinculando sus acciones con el efecto de sus operaciones.  Al combinar ambos factores, este tipo de estudios permite acotar los temas de prioridad a no más de una docena, los cuales son mucho más fáciles de gestionar, medir, reportar y dar seguimiento.

Dentro de los análisis que se realizan para obtener la materialidad, es indispensable consultar a los grupos de interés, lo que obliga a saber quiénes y cuáles son los más importantes.  Esto permite que los temas relevantes que sean seleccionados, sean el producto de un proceso de diálogo y consenso entre las partes involucradas, considerando por supuesto los intereses propios de la empresa.

Una vez que se dialoga, los temas seleccionados son priorizados y ponderados en una matriz de materialidad, donde se indica a detalle las temáticas que los directivos deben analizar para establecer metas e indicadores específicos. Esto facilitará el seguimiento y la mejora continua de su estrategia de responsabilidad social, además de facilitar la integración de los  reportes en sostenibilidad para comunicar los avances que se van teniendo en el tiempo y que son comparables.

Todo lo anterior permite a la empresa dirigir sus recursos y esfuerzos hacia aquellas áreas en donde se generará el mayor impacto, reduciendo los riesgos y atendiendo los temas de mayor interés para los principales grupos vinculados. De esta forma, se logra impulsar una estrategia de negocios enmarcada dentro de los principios que rigen la sostenibilidad, con el mayor valor compartido y  retorno social.


(*) Maestra en Responsabilidad Social. Líder de los estudios de Materialidad y Directora Ejecutiva del Grupo Sustentarse.

Capital reputacional y licencia social: ni son lo mismo, ni se trabajan igual.

Por Diego Díaz Martín, PhD. (*) @DDiazMartin

Con frecuencia se confunde el capital reputacional de una empresa con su licencia social para operar. Sin embargo, ni son lo mismo, ni se trabajan igual.

El capital reputacional es la opinión o percepción que tienen los grupos de interés de una empresa sobre su desempeño. Es un activo intangible de gran valor en las corporaciones, que constituye su acervo popular, medido en términos del respeto y reconocimiento de sus clientes, proveedores y el público en general, a través del tiempo.

Bien manejado, el capital reputacional genera y fortalece la fidelidad de los grupos de interés a la marca, convirtiéndolos en accionistas y defensores espontáneos, sin ningún tipo de participación en la gestión empresarial, ni capital.

La licencia social, por su parte, comprende la aceptación o aprobación que tales grupos dan a la empresa, al verse afectados directa o indirectamente por el desarrollo de sus actividades. No alude a un contrato o documento formal, sino a las características reales o actuales de credibilidad y confiabilidad con sus operaciones, determinadas por la satisfacción o insatisfacción en el cumplimiento de promesas y obligaciones y el grado que una empresa y sus actividades, cumplen con las expectativas de las comunidades dentro de su área de influencia y de la sociedad en general.

Si bien algunas empresas se apoyan en distintivos, adhesiones y certificaciones de RSE voluntarias, que de alguna manera avalan su comportamiento social, la realidad es que no existe una acreditación formal del capital reputacional, y mucho menos, una licencia social para operar.

Este reconocimiento, a veces etéreo y difícil de medir, permite generar ventajas competitivas para las empresas, que no solo les hacen económicamente más rentables, sino socialmente más aceptables y ambientalmente más responsables.

Algo común entre el capital reputacional y la licencia social, es que ambas contemplan activos perceptuales y sociales de la empresa, determinados por la calidad de la relación establecida con sus principales públicos a través del tiempo.

Si bien ambos conceptos están directamente relacionados, su forma de abordarlos son metodológicamente diferentes.  Mientras el capital reputacional tiene su principal fortaleza en el manejo de las comunicaciones internas y externas, la licencia social se basa principalmente en la construcción y desarrollo de buenas relaciones, con todos los grupos de interés.

En ambos casos, la opinión que el público tiene sobre una empresa es un valor estratégico, que es una especie de crédito que la compañía administra a su favor, en momentos de crisis o cuando sea necesario.

A mayor capital reputacional, mayor licencia social y viceversa. Sin embargo, existen sus excepciones.


El Dr. Diego Díaz Martín es Biólogo, con Maestría en Gerencia Ambiental y Doctorado en Ingeniería Ambiental. Actualmente es profesor de las Universidades Anáhuac México, Anáhuac Cancun y el Tecnológico de Monterrey. Es Director General para las Américas de VITALIS y Director de Valor Compartido de Sustentarse.

Baby boomers, generación “X” y millenials: su rol la sostenibilidad de las empresas.

Por Ing. Luis Eduardo Martínez (*)

Desde hace algunos años hemos visto a los perfiles generacionales como un tema recurrente en las empresas,  y no es para menos. Nos encontramos en un punto en las organizaciones, donde colaboramos y coexistimos tres generaciones con perfiles muy diversos.

Por un lado, están los baby boomers, quienes nacieron entre 1945 y 1960, hijos de la postguerra y que vivieron con claridad eventos como el movimiento de 1968.  En la actualidad, ocupan muchas posiciones de liderazgo y creen en las jerarquías, buscando ser reconocidos por su trabajo y manteniendo una comunicación formal.

La generación que les sucede es la X, que dio forma a las personas nacidas entre 1961 y 1980. Ésta generó muchos cambios de paradigmas y vieron la transformación tecnológica, pasando de la época analógica a la digital. A esta generación les gustan los retos y nuevos conocimientos, y son creyentes del trabajo duro, el autodesarrollo y la capacitación.

Finalmente están los conocidos Millennials, que nacieron a partir del 1981 y hasta el año 2000. Son creativos y están completamente inmersos en la era digital, las redes sociales, la tecnología. Los Millennials disfrutan de la inmediatez, rechazan el autoritarismo, las formas acartonadas y no creen en un trabajo para toda la vida, sino en disfrutar y trascender.

Con esto en mente, es relevante entender que no existe una generación mejor que la otra. De hecho, una aproximación sostenible es comprender que la variedad de ideas y formas de entender el mundo, brinda a las empresas espacios para la innovación y la variedad de ideas, que puede ser una fortaleza buscada por las compañías.

El reto es que cada individuo abra sus paradigmas y deje de creer que su perfil y apreciación del mundo es la correcta, ya que cada grupo tiene sus fortalezas y debilidades. La visión debe ser poder integrar grupos de trabajo que logren unir sus esfuerzos y talentos en beneficio de un proyecto en común.

Si apostamos a la experiencia y formalidad de los Baby boomers, a las habilidades de adaptación de la Generación X y a la creatividad de los Millennials, solo por hacer una combinación de rasgos positivos, las empresas podrían responder a los cambios constantes que afronta el mercado.

Por esto es urgente que las empresas vean en la riqueza intergeneracional un espacio para la sostenibilidad de la empresa y su permanencia en la preferencia del consumidor en éstos y los años por venir.

(*) Director General de Sustentarse, luis_eduardo.martinez@sustentarse.com.mx